28. El mundo arder
Gael
La dejo atrás.
Eso es lo primero que noto cuando John me toma del brazo y me arrastra unos pasos más allá del centro del salón. Anabel queda al otro lado del ruido, de las luces, de las copas alzadas. La veo perderse entre trajes caros y vestidos brillantes, y algo en mi pecho se tensa.
No debería importarme.
No puede importarme.
—¿Con quién vino? —pregunto sin rodeos.
John frunce el ceño.
—¿Quién?
—Micaela —escupo el nombre—. ¿Con quién demonios vino?
John parpadea una vez. Dos.
—Con Fer.