La señora Driscoll no dijo una palabra más. Su silencio era más elocuente que cualquier reprimenda. Con movimientos rígidos, me guió por el pasillo hasta una puerta de madera tallada. La abrió y me hizo un gesto para que entrara.
—Esta será su habitación. El baño está a través de esa puerta —dijo, su voz tan fría como el mármol del vestíbulo—. La cena se sirve a las ocho en punto en el comedor principal. Se espera puntualidad. El desayuno es a las siete. Después de las nueve de la noche, se le