Rubí levantó la tapa del paquete. La caja naranja era inconfundible: era de Hermès.
Sonrió y miró a Emily, que estaba detrás de ella.
—No es nada especial —dijo con desenfado.
Emily, ya acostumbrada a su actitud relajada, no se molestó. En cambio, soltó una risa suave.
—Lo sabrás cuando lo abras.
Rubí asintió y empezó a retirar con cuidado el elegante envoltorio.
La caja estaba envuelta con esmero. Para personas como ellas, acostumbradas al mundo del lujo, los objetos exclusivos ya no resultaba