A la mañana siguiente, Alexander se levantó desorientado. Aunque había tenido un descanso reparador, todavía estaba despertándose por completo, despabilando sus sentidos. El hombre frunció el ceño al ver que su madre, Marina, lo estaba llamando otra vez.
Tomó la llamada y, casi con un tono de hastío, expresó.
—Madre, ¿ahora qué es lo que quieres?
Al otro lado de la línea, la voz de Marina se escuchó.
—Estaba pensando, Alexander, en que deberías enamorarla. Es una buena idea. Las mujeres tenemo