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Erika finalmente empujó la vieja puerta de su pequeño apartamento y se dejó caer sobre el sofá desgastado, con un gemido de alivio y agotamiento. Sus ojos, antes inyectados en sangre por la falta de sueño y la ansiedad de las deudas, ahora miraban el fajo de billetes con una devoción casi religiosa.

Eran la prueba de que el cielo no la había abandonado del todo.

De pronto, miró su teléfono. La urgencia de la confesión la quemaba. No era remordimiento, sino la necesidad impulsiva de descargar e
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