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Mientras tanto, Adam se las arregló para convencer a su mujer de marcharse de allí, ir a un lugar a comer y después volver. Marina, aunque no quería, terminó aceptando y se marchó, no sin antes dedicarle una última mala mirada a Valeria, quien seguía sentada al lado de su madre.

De pronto, el doctor apareció por allí. Al ver que los padres del hombre se habían ido, se dirigió a las dos mujeres. Valeria se adelantó.

—Así es, yo soy la esposa de Alexander —se presentó, con la voz todavía tembloro
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