Esa mañana, cuando Valeria despertó, se sintió un poco más enérgica que los días anteriores. Al menos no estaba tan decaída. Además, ya había tomado la decisión, y era momento de comunicársela a sus padres. Se puso presentable, se dirigió abajo, donde sabía que sus padres estarían desayunando.
Efectivamente, estaban en la mesa.
—Buenos días—saludó. Ambos correspondieron al saludo.
—Buenos días, Valeria. Te has despertado un poco más tarde hoy, pero no pasa nada—comentó Alejandro—. Supongo qu