Doris, después de haber terminado sus labores ese día, se acercó a la habitación que Alexander había destinado para los cuatrillizos. Al entrar, observó todas las cosas; la cuna gigante, los estantes llenos de juguetes, la ropa que faltaba por acomodar. Sintió un vacío en su estómago, un hueco en su corazón. Le daba tristeza que todo quedara allí, intacto.
Sabía que Valeria probablemente no regresaría. No había recibido ni una llamada telefónica de su parte. Alexander, por su lado, se le veía