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Erika, con el cuerpo dolorido y el cansancio haciendo de las suyas, sentía el hambre acribillar su estómago y la soledad dominando todo el espacio. Su estado físico se deterioraba, y el temor se aferraba a ella como un imán. Los hombres, impasibles, no parecían comprender la magnitud de su desesperación.

—¿Acaso no han entendido que de verdad puedo darles más de lo que imaginan? ¡Sáquenme de aquí de una vez por todas! —gritó con todas sus fuerzas, la voz apenas un hilillo.

Afuera, los hombres s
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