En el momento en que llegaron, Daniela supo que este no era un restaurante cualquiera.
El edificio en sí se alzaba alto y discreto, su fachada elegante de una manera que no gritaba riqueza, sino que la susurraba. Una suave luz dorada brillaba desde el interior, derramándose sobre la acera como una invitación destinada solo a quienes pertenecían allí.
Alejandro bajó primero y luego le extendió la mano.
Daniela la tomó y le permitió guiarla hacia el restaurante.
Las puertas se abrieron con suavid