El resto de la fiesta pasó como un borrón.
Daniela apenas recordaba con quién habló, qué respondió o cuántas sonrisas educadas se pegó en el rostro.
Todo se sentía distante, como si se moviera por una habitación llena de niebla o quizá porque su batería social ya se había agotado hacía tiempo.
Incluso el trayecto de regreso a casa resultó poco memorable: las farolas deslizándose por la ventana, el zumbido constante y apagado del motor, Alejandro en silencio a su lado.
En cuanto el coche se detu