La cena transcurrió más silenciosamente de lo que a Daniela le habría gustado. La calidez habitual—la conversación fácil, las pequeñas risas—había desaparecido, reemplazada por una extraña quietud que se cernía sobre la mesa como una tensión no dicha.
Una vez que terminaron de comer, Sebastián murmuró algo sobre querer probar su nuevo juguete. Antes de que alguien pudiera responder, ya había salido corriendo, su pequeña figura desapareciendo por el pasillo en un borrón de emoción.
Paloma dio un