El silencio que siguió después de que la puerta se abriera de golpe fue lo suficientemente espeso como para cortarse con un cuchillo.
Durante un latido, nadie se movió, nadie respiró. Mutuamente atónitos, se quedaron mirando a la figura junto a la puerta.
No había hecho ni dicho nada, pero algo en la forma en que se comportó en ese brevísimo instante congeló a todos.
Sin embargo, desde el umbral, la mirada de Alejandro recorrió el lugar: sábanas desordenadas, un equipo de cámara aún brillando débilmente en un rincón y rostros que no parecían muy contentos de verlo.
Luego, sus ojos la encontraron a ella.
Atrapada bajo un hombre que parecía tener el triple de su edad, grasiento, barrigón, con la línea del cabello en retroceso y un rostro que mostraba sus intenciones incluso antes de que fueran dichas.
Ella se veía incómoda. Alejandro no necesitaba adivinarlo. Y sin duda tenía todo que ver con el hecho de que la mitad de su top ya no estaba y que el hombre encima de ella parecía ser el m