Daniela no sabía cuánto tiempo había estado inconsciente.
Cuando finalmente abrió los ojos, la oscuridad la recibió. Una habitación vasta y desconocida se extendía a su alrededor, débilmente iluminada, con una cama sencilla situada en su centro y sobre esa cama, inmóvil como algún terror nocturno, estaba ella.
Su corazón se saltó un latido doloroso, golpeando violentamente en su pecho cuando volvió a latir.
Se movió, o al menos, lo intentó. Pero su cuerpo la ignoró, negándose a obedecer la orden como si estuviera lastrado por algo invisible.
Lentamente, pero con seguridad, la conocida presencia del pánico se asentó en su pecho.
“H-hola?” llamó.
La única respuesta que obtuvo fue el eco de su propia voz, rebotando contra las paredes que se escondían en algún lugar de la oscuridad de la habitación.
Su pecho se tensó y su respiración se volvió superficial, errática. Entonces lo sintió—un calor antinatural acumulándose en la parte baja de su vientre, extendiéndose en ondas lentas e inquiet