No recuerdo la última vez que tuve una noche tranquila.
Quizá fue hace años o quizá simplemente dejé de prestarles atención.
Apoyé ambas manos sobre el escritorio y observé las luces de Bellmont a través del ventanal de mi despacho.
Desde allí arriba la ciudad parecía estar en calma. Como si nada pudiera alterar el orden.
Era curioso.
Porque yo sabía que las apariencias casi nunca contaban la historia completa.
Un golpe suave en la puerta me sacó de mis pensamientos.
—Señor.
Levanté la vista.
—Adelante.
Marco entró con una carpeta en las manos.
Me informó de algunos asuntos pendientes que debía revisar antes de fin de mes. Lo escuché en silencio, respondiendo únicamente cuando era necesario.
Cuando salió, el despacho volvió a quedar en silencio.
Era un silencio al que me había acostumbrado.
Uno que, con el tiempo, había aprendido a soportar.
Mi mirada se desvió hacia una fotografía sobre el escritorio.
En ella aparecía Noah.
Sonreía.
Una sonrisa amplia, sincera.
Tomada mucho antes de que el mundo le arrebatara parte de esa inocencia.
Tomé la fotografía entre mis manos.
—Lo estoy intentando... —murmuré para mí.
No sabía si aquellas palabras eran una promesa o una disculpa.
Solo sabía que cada decisión que tomaba tenía un único propósito.
Protegerlo. Siempre protegerlo.
Cuando Elisa me habló de una nueva candidata, no esperaba gran cosa.
Había perdido la cuenta de cuántas personas habían pasado por aquella residencia.
Todas tenían excelentes referencias. Todas aseguraban comprender a los niños. Todas prometían paciencia.
Y casi todas terminaban marchándose.
No por Noah.
Por la presión que significaba trabajar en esta casa.
Cuando Elisa abrió la puerta del despacho, levanté la vista por simple cortesía.
Esperaba encontrar otra persona nerviosa.
Sin embargo, la joven que entró no parecía interesada en impresionarme.
Se presentó con educación.
Se sentó cuando se lo pedí.
Y respondió únicamente aquello que le pregunté.
Sin exagerar.
Sin intentar vender una imagen perfecta.
Cuando le pregunté qué necesitaba Noah, respondió algo que ninguno de los candidatos anteriores había dicho.
"No lo sé."
Todavía podía recordar aquellas palabras.
"No puedo responder eso sin conocerlo."
Durante unos segundos pensé que la entrevista había terminado ahí.
No porque hubiera respondido mal.
Sino porque acababa de admitir algo que todos los demás intentaban ocultar.
No fingía saberlo todo.
Y eso resultó inesperadamente... honesto.
Fue entonces cuando decidí darle una oportunidad.
No porque confiara en ella.
La confianza no se regalaba.
Se construía.
Pero había visto algo diferente.
Algo que no encontraba desde hacía mucho tiempo.
Autenticidad.
Los días comenzaron a pasar. Al principio observé desde la distancia.
Era lo que siempre hacía. No intervenía mientras no fuera necesario. Pero poco a poco empecé a notar pequeños cambios.
Noah volvía a pasar más tiempo fuera de su habitación.
Ya no rechazaba cada conversación.
Volvía a cargar un libro bajo el brazo.
Incluso lo escuché reír una mañana mientras cruzaba el pasillo.
Me detuve.
No porque fuera una carcajada.
Fue apenas un sonido breve.
Pero hacía demasiado tiempo que no lo escuchaba.
No pregunté qué había ocurrido.
No necesitaba hacerlo.
Desde la puerta entreabierta vi a Sophie sentada frente a él.
No hablaba demasiado.
Simplemente lo escuchaba.
Y Noah...
Respondía.
No entendía qué estaba haciendo. Pero estaba funcionando.
El almuerzo de hoy confirmó lo que llevaba varios días observando.
Noah permanecía tranquilo. Participaba en las conversaciones cuando quería.
Y, aunque seguía siendo reservado, ya no parecía tan distante.
Mi madre fue la primera en notarlo, Isabella también. Incluso mi padre permaneció observando en silencio más de una vez.
Yo preferí no hacer comentarios.
Todavía era pronto.
No quería crear expectativas.
Había aprendido que las pequeñas mejorías podían desaparecer tan rápido como llegaban.
Me encerré en el despacho para terminar algunos asuntos pendientes.
Necesitaba despejar la mente. Serví un poco más de whisky. Iba por mi tercer trago cuando escuché unos golpes en la puerta.
—Adelante.
Al girarme la vi.
Sophie.
Su expresión era seria.
—¿Sucede algo, señorita Collins?
—Quisiera hablarle de Noah señor.
Sentí cómo toda mi atención se concentraba en esas palabras.
—¿Qué sucede con él?
Ella respiró profundamente.
—Señor.... ¿Existe alguna posibilidad de que pueda llevarlo al parque?
El tiempo pareció detenerse.
Un parque.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
No.
No podía.
No debía.
Las imágenes aparecieron en mi mente con una rapidez que llevaba años intentando controlar.
Respiré hondo.
Pero no fue suficiente.
—De ninguna manera.
Ella no retrocedió. Intentó explicarse.
—Señor de Luca, si me da la opor...
—¡Eso no está en discusión!
Mi voz resonó por todo el despacho.
Vi cómo sus ojos se abrían por la sorpresa.
Pero aun así no bajó la mirada.
—No confunda las cosas. El que mi madre la haya invitado a comer en la mesa no le da el derecho de tomarse estas atribuciones porque usted es solo una empleada más de esta casa.
—El derecho de ser mi jefe no le da derecho a ser tan bestia y faltarle el respeto de esa manera —Finalmente respondió —. No me creo con el derecho de nada. Simplemente le consulté por el deseo que tiene Noah de hacerlo, pero si cree que por ser mi jefe puede faltarle el derecho está muy equivocado porque entonces renunció en este instante.
Me respondió y lo hizo sin miedo y eso nadie lo hacía.
Nadie.
Ni empleados, ni socios,ni personas que llevaban años trabajando conmigo.
Ella sí.
Y no estaba defendiendo su orgullo. Estaba defendiendo a Noah.Eso fue lo que terminó de desarmarme.
Cuando pronunció la palabra "renuncio", sentí un vacío inesperado.
La vi girarse hacia la puerta.
Y, por primera vez en mucho tiempo...
Actué sin pensar.
La sujeté del brazo estrellando su cuerpo contra la puerta demasiado fuerte.
Cuando nuestros ojos se encontraron comprendí inmediatamente mi error.
La había asustado.
Aflojé el agarre sin apartar la mirada.
—Señorita Collins... aguarde, por favor.
Mi voz ya no sonaba igual.
Había rabia, pero conmigo. No con ella.
—No fue mi intención faltarle al respeto. —Era la verdad —. Solo que el tema de Noah es muy delicado para mí.
Había reaccionado como si ella hubiera puesto en peligro a Noah. Cuando en realidad solo había hecho una pregunta.
—Eso lo puedo entender señor De Luca —Musitó finalmente —. Entiendo que Noah lleva un estilo de vida diferente al resto de niños. Pero solo le hice una consulta, no estaba tomándome atribuciones de nada.
Y entonces entendí algo.
Sophie Collins no había entrado en mi despacho para cuestionar mi autoridad.
Había entrado para defender el deseo de un niño nada más.
Retrocedí un paso.
—Lo lamento. Pero por favor no se vaya.
Fueron las palabras más sinceras que pronuncié en mucho tiempo.
Ella se marchó unos segundos después sin decir ni una palabra más. La puerta se cerró lentamente y el silencio volvió a llenar el despacho.
Apoyé ambas manos sobre el escritorio y cerré los ojos.
Debí mantener la calma,debí escucharla y debí comportarme como el hombre que esperaba que Noah aprendiera a ser algún día.
Pero había fallado.
Abrí los ojos y miré la puerta por donde Sophie acababa de salir.
Me levanté con intención de buscarla, pero me frene al la puerta abrirse nuevamente y entrar Isabella.
—¿Qué sucede? —Espete sin rodeos.
—Mejor dímelo tú a mí —Se cruzó de brazos —. Me encontré con Sophie y se veía muy sonrojada, ¿qué le hiciste?
Suspire y volví a tomar mi vaso de whisky.
—No estaba sonrojada, enojada tal vez.
—¿Qué le hiciste Lorenzo?
—Me exalte, le hablé como no debí y me dijo que renunciaba.
—¿Qué? no puede hacerlo. Noah ha mejorado con ella y avanzado mucho, no puedes permitirlo.
—Ya lo sé. Sólo que me sacó mucho de onda lo que me pidió y explote.
—¿Qué te pidió?
—Llevar a Noah al parque —Isabella suspiró —. Al parecer Noah le hizo saber su deseo y ella quiso expresármelo.
—Lorenzo, no puedes seguir encerrando a Noah dentro de esta burbuja.
—Es por su bien. Si le sucede algo que moriría.
—Nada le pasará. Tenemos seguridad de sobra y Sophie lo cuidará.
—Ella ni siquiera tiene idea de quiénes somos Isabella. No puede cuidarlo sin saber de qué debe hacerlo.
—¿Qué haremos cuando lo sepa? —Musitó pensativa —. ¿Querrá irse?
—No lo sé —Suspire —. Pero hablaré con ella. No puedo permitir que se vaya, eso puede hacer que Noah retroceda lo que avanzado.
—Entonces ve a disculparte, porque donde se vaya de seguro nuestra madre te matará, antes que nuestros enemigos.
Palmeo mi hombro y salió dejándome a solas.
Aguarde un tiempo más esperando calmar mis emociones y dándole espacio también a Sophie.
Termine de tomarme mi último trago y me levanté saliendo en busca de Sophie.
Ya todo se encontraba a oscuras y la mayoría del personal descansaba.
Cuando me decidí caminar en dirección a la habitación de Sophie, un ruido en la cocina me detuvo.
Regrese y al entrar me encontré con la imagen que menos pensé.
Sophie lucía una pijama a media pierna ajustada a su cuerpo dejándome ver por primera vez sus curvas con más notoriedad.
La bata abierta dejaba ver con gran parte de su escote abierto y sus pronunciado pechos. No podía evitar mirarla con descaro.
—¡Maldición! —Susurró sin darse cuenta aún de mi presencia —. No puedes dejar de ser torpe por un momento Sophie.
Escucharla decirse a ella misma eso me robó una fugaz sonrisa. Metí las manos en los bolsillos de mi pantalón y finalmente terminé de entrar a la cocina.
—¿Qué ocurre? —Susurre haciendo que se exaltara.
—Señor De Luca —Musitó apenas —. Disculpe no fue mi intención molestar.
Me acerqué hasta quedar en una distancia prudente. Aún con la poca luz que entraba por los ventanales podía ver claramente sus mejillas sonrojadas y eso de cierto modo me hacía un poco de gracia.
—No lo has hecho Sophie.
Por primera vez la llamaba por su nombre y no por su apellido y ella pareció notarlo.
Doy unos dos pasos más acortando la distancia, ella retrocede hasta su cuerpo chocar con la isla de la cocina.
No se si los tragos que me tome o mi falta de sueño han nublado mi juicio, pero sin pensarlo la sujeto de la cintura y la subo a la isla sentándola allí.
En su rostro puedo ver el asombro pero también cierta chispa que me pareció ver también en mi despacho.
Me agacho levantando la cuchara que había dejado caer, la limpio con el borde de mi polera y la llevo al yogurt que reposa a su lado en la isla.
Tomó un poco de este y lo llevó a mi boca observado cada uno de sus gestos.
Limpio la comisura de mis labios con mi lengua y la miro fijamente. Puedo ver como sus labios se entre abren un poco y su pecho sube y baja rápidamente.
Pongo mis manos en su piernas y este roce parece descontrolarla. Puedo sentir sus piernas temblar y eso hace que algo dentro de mi se encienda.
—Señor de Luca...—Musita finalmente —. ¿Qué hace?
¿Qué hago?
Ni yo mismo lo sé. Pero estaba por averiguarlo.
Cuando estoy apunto de acortar nuestra distancia un ruido en el pasillo llama mi atención y al parecer el de ella.
Rápidamente me empuja bajándose de la isla y agachándose. La luz de la cocina se enciende y aparece Elisa.
—Señor Lorenzo —Musita extrañada —. ¿Se le ofrece algo?
Observo debajo de la isla a una Sophie completamente asustada y no puedo evitar sentir ganas de reír.
Si Elisa se da cuenta que está aquí esto sería un mal entendido difícil de explicar.
—Nada Elisa —Caminó a la salida acercándome a ella —. Sólo vine por un yogurt pero ya me voy a descansar.
Apago la luz de la cocina y salgo con ella alejándola de esa área antes de que todo pueda mal interpretarse.
La veo irse por el pasillo hacia su habitación y me dispongo a subir las escaleras en dirección a la mía.
Una pequeña sonrisa se dibuja en mis labios al recordar lo sucedido hace un momento en la cocina y no se si culpar al alcohol o mi poca cordura pero lo que había sucedido allí no lo dejaría pasar tan fácilmente...