La oficina de Estefany, con su orden milimétrico y su aroma a café frío, se sentía ese día como una sala de espera antes de una ejecución. Victoria permanecía anclada frente al ventanal, observando cómo el sol de la tarde rebotaba en los cristales de los edificios vecinos, creando un espejismo de serenidad que ella no compartía.
—Llevas diez minutos viendo el mismo edificio —soltó Estefany, rompiendo el silencio con la precisión de un bisturí—. Si esperas que se mueva, no lo va a hacer.
Vic