La voz de Mateo goteaba una amargura que Victoria no pudo ignorar. El pasillo, sumido en una penumbra estratégica, parecía estrecharse mientras él tiraba con firmeza de su muñeca, obligándola a girar hasta quedar frente a frente.
—No sabía que tu empleo en Obsidian incluía citas con tu jefe —sentenció él, su mirada escudriñando el rostro de Victoria en busca de una grieta.
—Mateo, yo... —Victoria balbuceó, sintiendo que las palabras se le atascaban en la garganta.
¿Qué podía decirle? ¿Que