El ardor del vodka quemándole la garganta fue lo único que logró anclar a Victoria a la realidad por unos segundos. No sabía cuánto tiempo llevaba pegada a la barra, pero el murmullo del club se había convertido en un zumbido lejano. Sus ojos buscaban inconscientemente la figura de Julián, que permanecía como un centinela silencioso cerca de la salida; si él seguía allí, Daniel seguía en el edificio, atrapado en esa llamada que parecía no tener fin.
Cerró los ojos y, de inmediato, la imagen d