La cena transcurrió de forma extrañamente tranquila en el gran comedor de la mansión. Demasiado tranquila. Y, contra todo pronóstico, Victoria terminó odiando cada segundo de aquella paz fingida.
No porque hubiera discusiones acaloradas o indirectas venenosas cruzando la mesa, sino precisamente porque no las había. Durante toda la velada, las únicas voces que resonaron ocasionalmente entre las paredes de piedra fueron las de Daniel e Isabel. Eran conversaciones simples, comentarios breves sobr