Arturo permaneció inmóvil en su silla de ruedas, observándolo fijamente con una mirada gélida. Lo medía con meticulosidad, como si intentara descubrir en qué momento exacto de su madurez su nieto había comenzado a hablarle con semejante nivel de osadía.
—Interesante —pronunció finalmente el anciano, rompiendo la tensión.
Daniel prefirió no responder. Volvió a girarse sobre sus talones, dispuesto a reanudar la marcha y abandonar el jardín de la hacienda de una vez por todas.
—Al menos Ricardo