Cuando Victoria salió de los vestidores, se detuvo en seco. Tardó unos segundos enteros en reconocerse en el reflejo difuso de una ventana cercana.
Llevaba unos leggings negros que se amoldaban a sus piernas, una camiseta deportiva ajustada que le permitía moverse con total libertad y el cabello firmemente recogido en una coleta alta, de la que ya comenzaban a soltarse algunos mechones rebeldes sobre su rostro. No había rastro de los vestidos elegantes de diseñador, ni de los tacones estiliza