La puerta de metal de la academia se cerró detrás de ellas con un golpe seco, aislando el bullicio de las calles de Valemont.
De inmediato, fueron recibidas por una densa ola de calor, el aroma a cuero y una sinfonía de sonidos rítmicos: el estallido sordo de los guantes golpeando los sacos pesados, instrucciones gritadas a la distancia por encima del eco del lugar y el constante movimiento de los alumnos que entrenaban sin descanso. Victoria observó el panorama con un interés genuino, sintien