Cuando Victoria y Berenice cruzaron el umbral y entraron al departamento, el aroma cálido y reconfortante de la cena todavía llenaba cada rincón del lugar, delatando que alguien se había tomado el tiempo de preparar algo especial.
Daniel ya estaba sentado a la mesa del comedor. Tenía una carpeta de negocios abierta a un lado, pero sus cubiertos descansaban sobre un plato de comida que, por el aspecto casero y la pulcritud de la presentación, parecía haber cocinado él mismo. Mantenía esa expres