El beso había sido el preludio de una entrega absoluta, una donde el tiempo pareció detenerse. Pero ahora, con el sudor secándose sobre su piel y el silencio de la montaña envolviéndolos, la realidad regresó con la fuerza de un golpe. Victoria estaba recostada de lado, observando el perfil de Daniel mientras él revisaba algo en su teléfono. La paradoja era insoportable: estaba en la cama del hombre que deseaba destruir a su familia, y lo peor era que empezaba a disfrutar de su presencia más de