El comedor principal de la mansión Meléndez ya estaba iluminado por la tenue luz gris de la mañana cuando Victoria entró primero. El aroma a café recién hecho, mantequilla y pan caliente llenaba el ambiente con una calidez hogareña que contrastaba de forma absurda, casi grotesca, con la tensión asfixiante que ella todavía cargaba encima desde la noche anterior. O, siendo más honestos, desde hacía semanas.
Adele levantó inmediatamente la mirada de su taza al verla cruzar el umbral. Y apenas dis