La habitación principal permanecía sumida en una penumbra densa y grisácea cuando la puerta se abrió de forma lenta, casi imperceptible, quebrando el vacío de la mañana.
Isabel entró descalza a la suite, permitiendo que sus pies se hundieran en la alfombra fina mientras cerraba la madera detrás de sí con extremo cuidado para no hacer el menor ruido. Llevaba horas planeando ese movimiento; había visto perfectamente a Victoria salir de aquella misma habitación la noche anterior con una almohada