La lluvia golpeaba suavemente los enormes ventanales del departamento cuando Daniel finalmente regresó esa noche. El golpeteo constante del agua contra el cristal era el único sonido que arrastraba la tormenta de Valemont, envolviendo el lugar en un silencio sepulcral. Demasiado silencio. Y apenas cruzó el umbral y entró a la sala, encontró a Victoria sentada en uno de los extremos del sofá de piel; sostenía una taza de té entre las manos, usándola más como un refugio cálido para sus dedos que