La mano de Victoria seguía descansando suavemente sobre el hombro de Daniel, un anclaje tibio en medio de la tormenta social, mientras Adele observaba la escena con una satisfacción silenciosa y, a la vez, peligrosa. Para la matriarca, verlos operar como un frente unido calmaba apenas una fracción del caos y la decadencia que seguía rodeando a la familia, como si ese pequeño gesto de complicidad fuera una tregua firmada en el mismísimo infierno.
Por un instante efímero, todo pareció extrañamen