El banquete había llegado a su fin, pero la fiesta continuaba con una energía eléctrica y algo forzada que flotaba en el ambiente. Daniel permanecía apartado en una mesa periférica, con el cuerpo tenso y los ojos clavados en el vacío, sosteniendo una copa de champagne con tanta firmeza que los nudillos de su mano empezaban a blanquearse. No estaba bebiendo; solo utilizaba el cristal como un ancla para no perder la compostura.
Adele, observando el despliegue con la sabiduría que solo dan las dé