La ceremonia religiosa había terminado hacía apenas unos minutos, dejando tras de sí el eco de los votos solemnes y el aroma a incienso y flores frescas. El enorme y opulento salón de recepciones comenzaba a llenarse lentamente, inundado por una música clásica elegante, el tintineo constante de las copas de cristal de baccarat y conversaciones cuidadosamente moderadas bajo la impecable y rígida etiqueta de la alta sociedad de Valemont. Todo parecía un escenario perfecto de cuento de hadas, pero