Victoria soltó un suspiro largo, tratando de calmar el temblor de sus manos bajo el regazo. La palabra "exclusividad" flotaba en el aire del auto como una sentencia. Si iba a entregarse a este juego, no podía hacerlo gratis; no cuando el legado de su madre estaba a punto de ser subastado al mejor postor.
—Si esto es un acuerdo, señor Meléndez, ambas partes deben ganar —dijo ella, endureciendo su voz para que no se notara su desesperación—. Entonces, ¿qué ganaría yo?
Daniel la miró de reojo.