Nadie había dicho una sola palabra durante casi media hora. El pasillo de cuidados intensivos se había transformado en una extensión fría, sepulcral y asfixiante, donde el único sonido era el eco intermitente de los monitores médicos a la distancia. Hasta que Adele rompió finalmente el silencio con una voz rota, cansada y cargada de una profunda advertencia:
—No lo hagas, Arturo.
Arturo no apartó la vista de las puertas de madera cerradas frente a él, aquellas que lo separaban de su nuera.