—No. No quiero competir —respondió él, y su voz adquirió una gravedad que hizo que el aire en la habitación se volviera más denso—. Pero sí tiene que ver con Ricardo.
Daniel se levantó lentamente, moviéndose con la parsimonia de quien sabe que está a punto de revelar su flanco más vulnerable. Se detuvo frente a la ventana, observando la oscuridad del jardín que antes había sido testigo de su farsa.
—Existe una cláusula —sentenció sin girarse—. Y él acaba de encontrar una forma de usarla con