La mañana siguiente, el aire en el edificio corporativo de los Meléndez se sentía cargado de una eficiencia fría. Daniel entró en su oficina con la puntualidad de un cronómetro, flanqueado por Julián, quien ya sostenía la agenda del día. Al cruzar el umbral, se encontraron con Lex, que ya los esperaba cómodamente sentado, revisando unos informes.
—Al fin —saludó Lex, levantando la vista—. Tenemos algunos asuntos de seguridad que afinar respecto a los perímetros de la semana pasada.
Sin embarg