Por un instante, el cuerpo de Daniel se tensó, dictándole el impulso eléctrico de seguir a Victoria, de alcanzarla antes de que cruzara el umbral y explicarle lo inexplicable. Pero Isabel, detectando la duda en sus ojos, lo jaló con una urgencia renovada hacia la sala. Él no opuso resistencia; se dejó llevar como un autómata, mientras el eco de los pasos de Victoria se desvanecía en la entrada.
Ya en la sala, Daniel se desplomó en el sofá mientras Isabel caminaba de un lado a otro, gesticulan