Daniel subió a Victoria al asiento del copiloto con una brusquedad que rayaba en la urgencia. Cerró la puerta de un golpe seco, rodeó el frente del vehículo y se sentó tras el volante. El motor rugió y el auto salió de la propiedad de los Figueroa con una velocidad que hacía chirriar los neumáticos sobre la grava.
El camino hacia el hospital transcurrió bajo una presión atmosférica insoportable. Daniel mantenía la vista fija en la carretera, sus manos apretando el cuero del volante hasta que