—Debes casarte con ella.
La voz de Mónica rompió el silencio del jardín como un cristal estallando contra el suelo. Daniel no respondió de inmediato; se quedó inmóvil, procesando la magnitud de lo que su madre acababa de poner sobre la mesa.
—No puedes hablar en serio —soltó finalmente, con una risa amarga que no llegó a sus ojos.
—Estoy hablando más en serio de lo que crees, Daniel —replicó Mónica, dando un paso hacia él, su tono perdiendo cualquier rastro de suavidad—. Ricardo no se va