El silencio que siguió a la partida de Sol no fue de paz, sino de una tregua armada. Mónica permaneció estática, observando a su hijo con la frialdad de quien analiza una pieza de ajedrez que ha decidido moverse por cuenta propia.
—Sabes lo que acabas de hacer —sentenció ella, rompiendo la quietud.
Daniel no la miró. Seguía con la vista fija en algún punto de la porcelana.
—Sí.
—Entonces sabes lo que puede venir después. El apellido Arnaud no perdona los desplantes, Daniel.
Mónica lo