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La habitación del hospital era un mausoleo de luz blanca y olor a desinfectante. Un espacio donde el poder de los Meléndez se estrellaba contra la fragilidad de la carne. El sonido rítmico y electrónico del monitor era lo único que llenaba el vacío, marcando un compás que resultaba insultante para la imagen del hombre que yacía en la cama.

Daniel se detuvo en el umbral. Por un momento, se quedó inmóvil, observando.

Arturo Meléndez ya no llenaba la habitación. Ya no controlaba el aire ni dicta
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