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Daniel cayó de rodillas junto al cuerpo de Arturo Meléndez. El concreto frío del edificio parecía absorber el calor que aún quedaba en el aire. Sus manos, siempre precisas, buscaron desesperadamente el pulso en el cuello del anciano.

—Está vivo —sentenció. La voz le salió ronca, una orden directa al destino.

Julián, que había entrado tras él, se detuvo a un par de metros, con la mirada fija en el charco de sangre que comenzaba a extenderse.

—Señor, yo... —empezó Julián, con la voz quebrad
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