Alexander me llevó a hacia la cama, pero no hubo delicadeza, solo una necesidad primitiva.
Sus manos expertas y posesivas se deshicieron de los obstáculos de tela con una impaciencia que me prendía fuego por dentro. Cuando su piel finalmente se encontró con la mía, solté un suspiro que fue mitad alivio y mitad redención.
Cada una de sus caricias era una pregunta y cada uno de mis gemidos era una respuesta afirmativa. Sus dedos trazaban mi piel como si estuviera reescribiendo nuestra historia,