Olivia.-
El chirrido metálico de los frenos de la patrulla taladró el silencio ya opresivo del mediodía. El sol implacable de la ciudad propia de la hora no había sido capaz de disipar el frío que sentía en el alma.
La puerta del auto se abrió a mi lado, el oficial me obligó a bajar, el aire caliente y húmedo me golpeó como una manta sucia, olía a moho, a óxido y a un desinfectante químico tan fuerte que me hizo lagrimear.
— Bienvenida a su nueva morada, señora Harper –expresó el detective c