Olivia.-
El aire de la iglesia era espeso, saturado de lirios y la humedad fría de lágrimas ajenas. Entré sintiendo cada paso sobre la alfombra como una obligación pesada, llevaba mi mascara de serenidad forzada.
No había dolor por Benjamín, hace mucho que lo había superado mi única preocupación era Martina. Vi el rastro de la pena en sus mejillas, no era un llanto histérico sino de esas lágrimas, espesas y silenciosas que duelen más.
— Estoy aquí –Martina apretó los labios en un línea delgad