Capítulo 30 — El Desembarco de los Dioses
Roma no gritaba; Roma se quedaba sin aire. El pánico en las altas esferas de la capital no se manifestaba con el estruendo de las sirenas policiales ni con el caos en las avenidas comerciales. Se movía en las sombras, en el murmullo tenso de los teléfonos encriptados que ardían en las manos de los lugartenientes y en el ruido seco de las persianas de hierro que bajaban antes de tiempo en los barrios controlados. La confirmación del desastre llegó a oídos