Mientras Jenna no paraba de correr a través de un pasillo oscuro, sin tener ni la más mínima idea de dónde se encontraba ni de hacia dónde diablos iba, impulsada por el miedo, que le daba unas fuerzas desconocidas, consciente de que tenía que encontrar una salida, antes de que Harvey la alcanzara, David y Rachel, a unos cuantos kilómetros de allí, salieron de la comisaría, con el rostro apenado y cansado.
—Rachel, ¿te llevo a casa? —preguntó David, con un tono de voz que mostraba su agotamiento