El aire en la habitación estaba cargado de una inquietante tranquilidad, una calma que no traía paz, sino una aceptación silenciosa del final inevitable que cada segundo estaba más cerca. El sol de finales de otoño iluminaba la ventana de la habitación de Esperanza James, la matrona de la familia, cuyo deterioro en las últimas semanas había sido evidente para todos. Su piel, más delgada y pálida que nunca, se arrugaba suavemente mientras yacía en la cama, mientras sus ojos, a pesar de mostrarse