Ethan continuó lamiendo, chapado y mordiendo suavemente sus pechos. Una de sus manos se coló dentro del pantalón de ella buscando nuevamente la suavidad de sus labios verticales.
—Eres mía, Jazmín. Mía y de nadie más —susurró a su oído.
Aquellas palabras con las que Ethan pretendía derribar a la pelicastaña causaron un resultado diferente al que ella esperaba. Jazmín reaccionó empujándolo con ambas manos sobre el pecho, apartando su boca con dificultad.
—¡No! —exclamó, con voz temblorosa p