El naranja y rosa teñían el cielo de manera maravillosa, y seguía siendo este encuentro igual de irrealista que desde su comienzo. ¿Cómo me va a pedir matrimonio? ¿A mí? ¿Había perdido la cabeza o qué?
—¿Estás-estás proponiéndome matrimonio? — logro hablar de manera milagrosa.
—No de la mejor forma, no en el mejor contexto, pero sí. Lo estoy haciendo.
Rompo el contacto entre nuestras manos. Esta vez no puedo controlar el temblor. Estoy asombrada con su propuesta y sospechando de sus intenciones