—¡Ni se te ocurra escapar! —gritó Will justo antes de alcanzarla y detenerla.
Kathleen no tenía demasiada fuerza para intentar soltarse de su agarre. Las pocas energías que le quedaban las había gastado en su inútil intento por huir.
—Qué quiere, señor Hudson, ¿por qué no deja que me vaya? Tengo prisa, ¿sabe?
William la observaba con esa enorme sonrisa que a ella le aflojaba las piernas, a pesar de que Kathleen estaba siendo muy arisca.
—Pero, Kath, ¡¿qué te ocurre?! Estamos embarazados. ¡Lo