—Qué horror —susurró Mariana—. No me puedo creer que el señor Hudson haya traído de vuelta a esa arpía.
Kath la escuchó, pero prefirió no decir nada y prosiguió moviendo el desayuno fingiendo que comía. No tenía hambre, esa mañana había sido especialmente difícil después de una noche de casi no poder dormir y despertarse con demasiadas nauseas.
—Yo no me puedo creer que le haya hecho eso a nuestra Kath, te juro que pensaba que estaba enamorado. Era todo tan bonito, como el cuento de la Cenici